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Atravesando la puerta

pfrancisco salazar

4/19/2026

Con su muerte en la cruz y su victoria en la resurrección, Jesús no solo cumplió una obra redentora, sino que abrió una puerta: el acceso libre y directo a la presencia de Dios. Ya no hay barreras, ya no hay separación, ya no hay distancia impuesta desde el cielo hacia el hombre.

Sin embargo, existe una tensión silenciosa pero real: aunque la puerta está abierta, no todos deciden entrar. Y ahí es donde comienza el verdadero desafío espiritual, porque Dios ya hizo su parte, pero ahora la decisión es nuestra.

En la vida cotidiana, es común que las personas se planteen metas: crecer profesionalmente, mejorar su salud, avanzar financieramente. Pero, con frecuencia, la vida espiritual queda relegada, como si no necesitara intención ni dirección. Y la realidad es que sin crecimiento espiritual, no hay transformación real.

Por eso, llega un momento en el que es necesario detenerse y preguntarse: ¿estoy creciendo en mi relación con Dios o simplemente estoy manteniendo una rutina?

Porque es precisamente en el crecimiento donde muchas cosas comienzan a ordenarse. Cuando una persona decide acercarse a Dios de manera intencional, sus luchas empiezan a encontrar respuesta, y sus temores comienzan a perder fuerza. No porque desaparezcan de inmediato, sino porque hay procesos internos que solo se activan cuando se madura espiritualmente.

De hecho, hay temores que no se rompen con el tiempo, sino con crecimiento.

Y aquí es donde aparece otra realidad importante: no basta con tener acceso a la Palabra, es necesario vivirla. Hoy en día, muchos tienen una Biblia, pero no necesariamente una relación con Cristo. Se conoce el texto, pero no siempre se experimenta al Verbo.

La Biblia no es solo un libro para leer, es una guía para entender tanto lo que Dios ya hizo como lo que espera de nosotros. En sus páginas encontramos acciones, promesas y direcciones que nos muestran claramente una dinámica: Dios actúa, pero también llama al hombre a responder.

El problema es que, en muchas ocasiones, esa dinámica se altera. Hay quienes intentan hacer lo que solo Dios puede hacer, mientras descuidan aquello que sí les corresponde. Y ese desorden termina produciendo frustración y estancamiento.

La Escritura lo muestra de forma sencilla pero profunda: Dios guió a Abraham hacia la tierra prometida, pero Abraham tuvo que salir de su tierra. Jesús llamó a Pedro, pero fue Pedro quien tuvo que dar el paso y caminar sobre el agua.

Dios inicia, Dios respalda, Dios cumple… pero el hombre decide obedecer o quedarse inmóvil.

Por eso, el estancamiento espiritual no es un problema de falta de intervención divina, sino muchas veces de falta de respuesta humana. No es que Dios no esté abriendo puertas, es que no siempre estamos dispuestos a atravesarlas.

Y en medio de todo esto, hay una verdad que debe afirmarse con claridad: hoy tenemos acceso directo a Dios. En el pasado, ese acceso estaba limitado y mediado por un sumo sacerdote que entraba una vez al año al lugar santísimo. Pero en Cristo, todo cambió.

Tal como enseña la Biblia en Hebreos 4:14-16, Jesús se convirtió en nuestro sumo sacerdote, y gracias a Él podemos acercarnos con confianza a la presencia de Dios.

Esto significa que no necesitamos intermediarios, ni rituales especiales para ser aceptados. Tampoco necesitamos hacer sacrificios para “ganarnos” ese acceso, porque como lo declara Hebreos 10:12, Cristo hizo un solo sacrificio, suficiente y definitivo.

Aun así, muchas personas viven como si todavía tuvieran que merecer el favor de Dios. Se acercan desde la culpa, desde la insuficiencia o desde la idea de que deben “hacer más” para ser aceptados. Pero el acceso a Dios no está basado en nuestros méritos, sino en los de Cristo.

No se trata de lo que logramos, sino de lo que Él ya hizo.

Y precisamente por eso, el acceso que tenemos no es ocasional, sino permanente. No está limitado a un día, a un lugar o a un momento específico. Podemos acercarnos a Dios en todo tiempo, con libertad y confianza, sabiendo que somos recibidos por gracia.

Esto redefine completamente la manera en la que vivimos nuestra fe.

Porque entonces ya no se trata de cumplir con una rutina religiosa, sino de cultivar una relación viva. Ya no se trata de acercarse a Dios solo en ciertos momentos, sino de caminar con Él constantemente.

Y es aquí donde todo se vuelve más claro: cuando la fe se limita a un espacio como el domingo, se convierte en religión. Pero cuando el corazón comienza a anhelar a Dios de manera continua, lo que se desarrolla es una relación genuina de hijo.

Al final, todo vuelve al mismo punto: la puerta ya está abierta.

No necesitas abrirla.
No necesitas pagar por ella.
No necesitas merecerla.

Solo necesitas decidir entrar.