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Atravesando la puerta - Parte 2

Ese momento no fue solo el final de un sufrimiento; fue el inicio de una nueva realidad. Con la muerte de Jesús, algo invisible pero eterno cambió: ya no necesitamos más rituales para acercarnos a Dios. La cruz abrió una puerta que transformó nuestro espacio, nuestro acceso y nuestra relación con Él.

pfranciscosalazar

4/28/2026

“Entonces Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu…” (Evangelio de Mateo 27:50). Ese momento no fue solo el final de un sufrimiento, sino el inicio de una nueva realidad para la humanidad.
Con la muerte de Jesús, algo eterno cambió: ya no necesitamos más rituales para acercarnos a Dios. La cruz abrió una puerta que transformó nuestro acceso y nuestra relación con Él.

En el Antiguo Testamento, la presencia de Dios estaba ligada a un lugar físico y sagrado. El templo tenía divisiones específicas —atrios, lugar santo y lugar santísimo— y sólo el sumo sacerdote podía acercarse bajo condiciones estrictas. Sin embargo, el diseño de Dios nunca fue mantener distancia, sino establecer cercanía. Él no nos llamó a una relación meramente sacerdotal, sino a una relación de paternidad. Ya no somos solo un pueblo que observa desde afuera; somos hijos que pueden acercarse con confianza.
A sus hijos les dio identidad y propósito: fuimos hechos reyes y sacerdotes, no para quedarnos lejos, sino para entrar en Su presencia. Hoy, esa presencia no está restringida a un lugar; está a la distancia de una oración y habita en cada uno de nosotros.

Antes, el sacerdote debía cumplir requisitos rigurosos: vestiduras especiales, rituales de purificación, incienso y sacrificios. Todo esto mostraba la santidad de Dios y la limitación del hombre. Pero ahora, en Cristo, el acceso fue abierto completamente.
Aun así, existe un riesgo: cuando algo no nos cuesta, tendemos a no valorarlo. La gracia es favor inmerecido, pero no fue sin costo; le costó a Jesús hasta la última gota de su sangre abrir esa puerta. Por eso, cuando descuidamos la oración o la comunión con Dios, no es solo una falta de disciplina, sino una forma de desvalorizar lo que Él hizo.
Como hijos, podemos herir el corazón del Padre cuando ignoramos el sacrificio que nos dio acceso libre a Su presencia.

En este nuevo tiempo también entendemos que no se trata de apariencias externas. En el pasado, el sacerdote debía vestirse de cierta manera, pero hoy sabemos que puedes tener forma sin tener fondo. Puedes tener una Biblia y no conocer la Palabra viva, asistir a la iglesia y no vivir la vida abundante, usar un lenguaje espiritual sin tener una mente renovada. El hábito no hace al monje. Dios no busca una imagen externa, sino una transformación interna, porque Él ama la verdad en lo íntimo (Salmos 51:6).

Jesús no es simplemente una opción más; Él es la única puerta. Intentar acercarse a Dios por otros medios —esfuerzos humanos, rituales o méritos propios— es, en realidad, construir una puerta alternativa. Pero solo una fue abierta con sangre, y solo esa conduce verdaderamente al Padre.

Así como antes el sacerdote debía mantener el fuego encendido, hoy somos llamados a mantener viva nuestra comunión con Dios, y eso sucede a través de su Palabra. “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmos 119:11).
La Palabra convierte el alma, sostiene en el día malo, fortalece en la tentación y se convierte en alimento y dirección. Muchas veces, nuestra debilidad espiritual evidencia una falta de Palabra en nuestro interior, porque todo lo que necesitamos —respuesta, fuerza y provisión— se encuentra en Su presencia.

Antes nadie podía entrar sin ser sacerdote, sin estar purificado, sin interceder y sin ofrenda. Hoy podemos entrar porque Cristo nos hizo sacerdotes, pero la actitud del corazón sigue siendo esencial. “Entrad por sus puertas con acción de gracias…” (Salmos 100:4).
La alabanza abre el camino, y hay una verdad poderosa en esto: el día que tu alabanza supere tu queja, tu milagro comenzará a acercarse.

Dios no desea que le temamos desde la distancia, sino que le anhelemos desde la cercanía. Porque al final, hay una verdad que sostiene todo: nosotros necesitamos a Dios, pero también Dios nos anhela a nosotros.

La puerta ya fue abierta; la decisión ahora es entrar.