Avanza: Porque es Tu Turno
Josué 1:1-3
La historia de Josué comienza en uno de los momentos más desafiantes y decisivos para el pueblo de Dios. Moisés había muerto. El líder que durante décadas había guiado a Israel, el hombre que abrió el mar, que recibió la Ley, que habló cara a cara con Dios y que condujo a toda una generación por el desierto, ya no estaba. Frente a esa realidad, el pueblo parecía haber quedado en pausa. Sin embargo, Dios es un Dios de avance, de cumplimiento y de propósito que cuando inicia una obra, no la deja a medias; siempre prepara a alguien para continuar aquello que Él ha determinado hacer.
Por eso, después de la muerte de Moisés, Dios llamó a Josué. No porque fuera perfecto, ni porque tuviera la misma experiencia de su predecesor, sino porque había llegado su tiempo. El Señor le estaba diciendo que la temporada de acompañar había terminado y que ahora comenzaba la temporada de liderar. Era el momento de levantarse, cruzar el Jordán y conducir al pueblo hacia la conquista de la tierra prometida.
Muchas veces nosotros también nos encontramos en situaciones parecidas. Sabemos que Dios tiene algo más para nuestra vida, pero permanecemos detenidos porque seguimos mirando hacia atrás. Esperamos que las circunstancias cambien, que aparezcan nuevas oportunidades o que alguien venga a impulsarnos. Sin embargo, Dios sigue llamándonos a avanzar. De hecho, una de las primeras palabras que le dio a Josué fue una confrontación necesaria: “Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán” (Josué 1:2).
A simple vista parece una declaración obvia, pero encerraba una verdad profunda. Dios estaba ayudando a Josué a entender que no podía seguir aferrado a lo que había sido. Moisés había cumplido su propósito y ahora era tiempo de que una nueva generación caminara en lo que Dios tenía preparado. Josué necesitaba comprender que algunas etapas terminan para que otras comiencen, y que nada volvería a suceder exactamente como antes.
El problema era que Josué tenía razones para sentirse inseguro. Durante años había caminado bajo la sombra de un líder extraordinario. Había visto a Moisés extender la vara sobre el mar, había presenciado los milagros en el desierto y había observado de cerca la intimidad que aquel hombre tenía con Dios. Comparado con él, probablemente se sentía insuficiente. Quizá pensaba que no tenía la misma autoridad, la misma capacidad espiritual o la misma experiencia.
Después de todo, Josué no había visto la zarza ardiendo. No había recibido las tablas de la Ley. No había sido el instrumento principal de las señales y prodigios que marcaron la salida de Egipto. Desde una perspectiva humana, tenía muchas razones para pensar que no estaba preparado para asumir semejante responsabilidad. Pero Dios nunca le pidió que fuera otro Moisés.
La respuesta del Señor no consistió en destacar las capacidades de Josué, sino en recordarle Su presencia. “Como estuve con Moisés, estaré contigo” (Josué 1:5). En otras palabras, la clave no era lo que Josué tenía o dejaba de tener. La clave era quién caminaba a su lado.
Y esa sigue siendo una de las mayores lecciones para quienes desean avanzar en el propósito de Dios. Con frecuencia observamos a otros y pensamos que nos falta lo que ellos tienen. Admiramos sus dones, su liderazgo, sus oportunidades o sus experiencias y llegamos a la conclusión de que nunca podremos alcanzar lo que ellos han logrado. Sabes, Dios no nos llama a reproducir la vida de otra persona, nos llama a confiar en Su presencia. Josué nunca sería Moisés, pero tampoco necesitaba serlo. Lo único que necesitaba era caminar con el Dios de Moisés.
Cuando entendemos esta verdad, dejamos de depender de nuestras propias capacidades y comenzamos a depender de Dios. Descubrimos que el llamado no se sostiene sobre nuestros talentos, sino sobre Su gracia. Comprendemos que no es lo que podemos hacer para Dios lo que marcará la diferencia, sino lo que Dios puede hacer en nosotros y a través de nosotros.
Por eso el Señor también nos advierte sobre el peligro de las motivaciones equivocadas. La Biblia relata la historia de Coré, quien se levantó contra Moisés creyendo que podía ocupar su lugar. Su problema no era la falta de capacidad, sino la condición de su corazón. Había perdido de vista la dependencia de Dios y había sido dominado por el orgullo. El resultado fue contundente: aquello que no tenía fundamento terminó hundiéndose.
La enseñanza sigue siendo relevante hoy. Todo proyecto impulsado por la vanidad, el reconocimiento personal o la autosuficiencia carece de un fundamento sólido. Todo sueño que no tiene como centro la honra a Dios termina debilitándose. Solo permanece aquello que el Señor sostiene. Por eso Josué debía comprender que el éxito de su liderazgo no dependería de poseer la vara de Moisés, sino de caminar con el Dios de Moisés.
Otro obstáculo que podía detener su avance, era la comparación. Este ha sido uno de los problemas recurrentes del ser humano. En tiempos de Samuel, Israel pidió un rey porque quería ser como las demás naciones. Al mirar lo que otros tenían, dejaron de valorar lo que Dios les había dado. La comparación les robó la capacidad de reconocer su identidad y su llamado.
Lo mismo puede ocurrir con nosotros. Cuando vivimos observando los logros de otros, terminamos ignorando el propósito específico que Dios diseñó para nuestra vida. Comenzamos a medir nuestro valor según estándares equivocados y dejamos de desarrollar los dones y talentos que el Señor nos entregó.
La verdadera libertad llega cuando comprendemos que Dios tiene una asignación única para cada persona. Entonces dejamos de competir, dejamos de intentar copiar modelos ajenos y comenzamos a florecer en aquello para lo cual fuimos creados.
Curiosamente, la mayoría de las personas que recibieron un llamado importante en la Biblia no se sintieron capacitadas cuando Dios las llamó. Moisés dijo que no sabía hablar. Jeremías respondió que era demasiado joven. Gedeón se consideró el más pequeño de su casa. Todos ellos experimentaron la misma sensación de insuficiencia. Y eso no fue un accidente. Dios permite que sus siervos reconozcan sus limitaciones para enseñarles a depender de Él. De esa manera, cuando la obra se completa, queda claro que la gloria no pertenece al hombre, sino a Dios. Por eso, cuando alguien dice: “No puedo”, Dios responde: “Yo puedo en ti”. Cuando alguien dice: “No sé”, Él se convierte en su sabiduría. Cuando alguien dice: “No tengo”, Él se convierte en su provisión. Al final, los que más dudaban de sí mismos fueron los que más claramente pudieron ver la mano de Dios obrando en sus vidas.
Ese fue el aprendizaje de Josué y también es el nuestro. El avance no comienza cuando sentimos que tenemos todo lo necesario. Comienza cuando entendemos que Dios está con nosotros. No se trata de parecerse a Moisés, ni de alcanzar lo que otros alcanzaron. Se trata de responder al llamado que Dios nos hace hoy.
Quizá durante mucho tiempo has pensado que no tienes lo suficiente, que llegaste tarde o que otros están mejor preparados que tú. Pero el Señor sigue diciendo las mismas palabras que un día le dijo a Josué: “Como estuve con Moisés, estaré contigo”.
Por eso, deja atrás las excusas, renuncia a las comparaciones y atrévete a dar el paso que Dios te está pidiendo. Porque cuando Dios determina que ha llegado tu tiempo, no te llama por lo que eres capaz de hacer, sino por lo que Él está dispuesto a hacer en ti.
Y cuando Él está contigo, siempre es tiempo de avanzar.