man leaping while trail running

No somos de los que retroceden

Serie: Avanza. Hay momentos en la vida en los que avanzar parece la decisión más difícil. No porque no conozcamos las promesas de Dios, sino porque el miedo, el cansancio o la incertidumbre hacen que el pasado parezca más seguro que el futuro. Es precisamente en esos momentos cuando la fe es puesta a prueba.

pfranciscosalazar

7/24/2026

"Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma." (Hebreos 10:39)

Hay momentos en la vida en los que avanzar parece la decisión más difícil. No porque no conozcamos las promesas de Dios, sino porque el miedo, el cansancio o la incertidumbre hacen que el pasado parezca más seguro que el futuro. Es precisamente en esos momentos cuando la fe es puesta a prueba.

El escritor de Hebreos hace una declaración que define la identidad del creyente: "Nosotros no somos de los que retroceden." No dice simplemente que no deberíamos retroceder; afirma que esa ya no es nuestra naturaleza. Quien ha conocido a Cristo ya no pertenece al grupo de los que abandonan el camino cuando las circunstancias se complican, sino al de aquellos que continúan caminando hasta alcanzar el propósito de Dios.

Esa verdad quedó ilustrada de una manera extraordinaria cuando Israel llegó al mar Rojo. Detrás de ellos venía el ejército egipcio; delante, un mar imposible de cruzar. Humanamente solo había dos opciones: pelear una batalla que no podían ganar o regresar a la esclavitud que acababan de dejar. Sin embargo, Dios presentó una tercera opción: Avanzar!

La respuesta del Señor sorprende: "¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen" (Éxodo 14:15). No porque la oración no fuera importante, sino porque había llegado el momento en que la oración debía convertirse en obediencia. Hay situaciones que no cambian porque sigamos esperando una nueva señal del cielo; cambian cuando tomamos la decisión de dar el paso que Dios ya nos pidió dar.

Es precisamente en ese contexto donde ocurre uno de los detalles más reveladores del relato. Éxodo 14:19 dice que el ángel de Dios y la columna de nube dejaron de ir delante del pueblo y pasaron a colocarse detrás de ellos. A primera vista parece un cambio de posición sin importancia, pero en realidad comunica un mensaje profundamente espiritual. Mientras Dios iba delante, era Él quien abría el camino. Ahora que la ruta estaba definida, el pueblo debía caminar. Dios no abandonó su liderazgo; simplemente cambió de lugar para proteger la retaguardia mientras Israel hacía su parte.

Muchas veces sentimos que Dios ya no está "empujándonos" como antes. Quizá la realidad es otra: Él está detrás de nosotros, impidiendo que el enemigo nos haga volver al lugar del que Él ya nos sacó. Mientras nosotros avanzamos, Dios guarda nuestra espalda. Esa imagen también responde una pregunta que muchos creyentes se hacen: ¿por qué no debo volver atrás? La respuesta no comienza en nuestra fuerza de voluntad, sino en la fidelidad de Dios.

La Biblia llama a Su gloria kabod, que significa "peso". No se trata únicamente de una manifestación visible de Su presencia, sino del peso mismo de Su autoridad y de Su poder. Cuando Dios coloca Su gloria sobre nuestra vida, pone ese peso sobre aquello que antes nos dominaba.

Y ¿qué es lo que más frecuentemente intenta hacernos retroceder? Nuestro pasado. Las heridas no sanadas, las culpas, los fracasos, los errores, los temores y aun los recuerdos pueden convertirse en cadenas invisibles que nos impiden caminar hacia el futuro. Pero cuando la gloria de Dios reposa sobre nosotros, ese peso comienza a aplastar todo aquello que antes nos aplastaba. Dios pone presión sobre lo que nos presionaba. Oprime aquello que nos oprimía. Somete aquello que durante años nos mantuvo sometidos.

Por eso el creyente puede avanzar sin vivir esclavo de lo que quedó atrás. Dios no solamente perdona el pasado; también rompe su influencia sobre nuestro presente. Él hace nuevas todas las cosas, como promete Apocalipsis 21, escribiendo una nueva historia para quienes ponen su vida en Sus manos.

Ahora bien, Dios nunca nos llama a avanzar sin darnos todo lo necesario para hacerlo. Durante el desierto, cada recurso que el Señor entregó a Israel tenía un mismo propósito: mantener al pueblo en movimiento. La nube no estaba simplemente para ofrecer sombra. Si el intenso calor del desierto agotaba las fuerzas del pueblo, la marcha se detenía. Por eso Dios los cubría, porque estaba comprometido con su avance. Lo mismo ocurría con la columna de fuego durante la noche. No era únicamente una señal sobrenatural de Su presencia. Alumbraba el camino cuando todo estaba oscuro y producía el calor necesario para seguir caminando mientras otros permanecían escondidos por temor.

La presencia de Dios nunca ha sido solamente un lugar de consuelo; siempre ha sido un impulso hacia el propósito. Por eso, cuando Dios le dijo a Moisés: "Mi presencia irá contigo y te daré descanso" (Éxodo 33:14), ese descanso no significaba inmovilidad. Era el descanso que fortalece para continuar el viaje. A esa provisión se sumaba el maná diario. Cada mañana Dios les recordaba que Él era suficiente. Y allí encontramos otra de las razones por las que muchas personas desean regresar a su "Egipto": todavía están buscando en el mundo aquello que solamente Dios puede satisfacer.

Quien no ha experimentado la suficiencia de Cristo siempre sentirá nostalgia por la vida anterior. Pero cuando el Señor se revela profundamente al corazón, todo cambia de lugar. Las bendiciones siguen siendo valiosas: el matrimonio, los hijos, el ministerio, los sueños, el trabajo. Sin embargo, dejan de ocupar el centro. Ya no son la fuente de nuestra seguridad ni de nuestra identidad. Dios se convierte en nuestra verdadera necesidad y todo lo demás pasa a ser añadidura.

Es precisamente esa satisfacción en Dios la que nos permite mantener los ojos hacia adelante, porque el destino de un discípulo nunca está detrás. Israel no salió de Egipto únicamente para celebrar su liberación. Si se hubieran quedado recordando el milagro del mar Rojo, jamás habrían conocido la tierra prometida. El objetivo nunca fue simplemente abandonar la esclavitud; el propósito era entrar en Canaán.

Y esa es también una advertencia para nosotros. A veces no es el pecado lo que detiene nuestro avance, sino la comodidad de vivir recordando las victorias del pasado. Dios agradece nuestra memoria, pero no quiere que hagamos del ayer nuestro lugar de residencia. Lo que hizo ayer fue extraordinario, pero lo que aún quiere hacer es mayor.

Isaías 36:6 compara a Egipto con un bastón de caña astillada que hiere la mano de quien intenta apoyarse en él. Es una imagen poderosa: aquello en lo que confiamos fuera de Dios termina lastimándonos. Las capacidades humanas tienen límites, los recursos económicos cambian, las personas pueden fallar, la edad avanza, pero Dios permanece. Por eso nuestro avance nunca depende realmente de nuestras condiciones, sino de nuestra confianza. La fe es la plataforma desde la cual seguimos caminando cuando todavía no vemos el camino abierto.

Quizá hoy te encuentras frente a un mar que parece imposible de cruzar. Tal vez detrás de ti escuchas nuevamente el ruido de los viejos temores o de las circunstancias que intentan alcanzarte. Si es así, recuerda esta verdad: Dios ya está guardando tu espalda.

No retrocedas! No porque seas fuerte, sino porque Él es fiel. No porque el camino sea fácil, sino porque tu destino siempre está delante.

Recuerda, nosotros no somos de los que retroceden. Somos de los que creen, avanzan y alcanzan el propósito para el cual Dios los llamó.

© 2026. All rights reserved.

@pfranciscosalazar

Francisco Salazar

Francisco Salazar